La mujer herrada.

Ocurrió por los años 1670 a 1680, en la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, ahora la 3°República de Perú.

Por la tarde antes que empezara la noche, se daba fin al trabajo diario, El maestro Juan dio fin a sus rudas tareas, está sentado en el umbral de su puerta ancha llena de clavos toscos, es rudo, fuerte, su trabajo es ser herrero, desde la mañana y antes que anochezca está golpeando el sonoro yunque. La calle siempre está llena del golpeteo y claro de los martillazos.

Este hombre era muy apreciado en el barrio en el que vivía, su calle se llamaba “Rejas de Balvanera” a donde le llevaban mucho trabajo de ferrería de la ciudad por lo bien que lo forja y cincela, hermosas cosas salen de sus manos. Como si fuera el hierro cera blanda, lo tuerce, lo abre, lo vuelve filigrana en lindas flores.

Ese Juan tan cabal, tan honrado, un hombre de bien.

El maestro Juan descansaba en su puerta disfrutando la tarde. De pronto ve venir caminando calle abajo a un clérigo, este se acerca a su herrería saluda con confianza al maestro Juan y este también con respetuosa familiaridad, dialogaban los dos amigos en grata conversación, se hace de noche y el clérigo se despide pero el maestro Juan lo retiene y le dice; “Padre otra vez como todas las tardes el mismo tema de siempre, ¿Cuándo cambia de vida? Obligado está usted dar el buen ejemplo, su conducta debe ser un espejo limpio.

Hay muchos viejos de cabellos blancos y verdes sesos.

Entre estos viejos anda usted, querido compadre, se murmura, se comenta su relación; relación si, no me mire con ese asombro fingido, ni se sonría, ni mueva la cabeza compadre. ¿Qué otra cosa, tengo una relación con una manceba? Usted debe vivir castamente como lo requiere su estado eclesiástico, quiero que tenga la estimación de todos.

Lo que usted hace no está bien, sino grave, enorme pecado. Deje esas malas aficiones de la carne que le dan gusto al alma. Separe de su lado a esa mujer, que viva como debe, ser para que no le retiren el nombre honroso. Vea todo lo que le digo, parezco yo el sacerdote y no usted, regrese de ese camino obscuro y vaya por la buena senda.

El clérigo sonreía tranquilo y jovial ante las largas palabras del compadre herrero, esto era lo mismo todos los días por las tardes. Le pone las manos en el hombro y dice, “¡Bah, Bah!” dando entender que no le importaba lo que la gente piense, le importaba un bledo lo que juzguen de él. El maestro Juan se quedaba triste.

Gozador y feliz era este clérigo, un gozador de la vida.

Su casa era #3 de la Puerta Falsa de Santo Domingo, había mucha gracia y limpieza, como que vivía una mujer que cuidaba todo con esmero, era esta una mujer fresca, ruidosa y placentera, el clérigo estaba prendido de sus encantos, le hacía mil regalos y dulzuras. “El amor lo había hecho suyo, debía de estar enaltecido con el amor a Dios”. La gente le había perdido el respeto y consideración, no conservaba reputación y honra en la virtud, pero él vivía feliz, lleno de encanto.

Una noche dormía el maestro Juan, siempre lo hacía de un tirón hasta la mañana siguiente, pero esa noche, grandes golpes a su puerta lo sacaron de aquella delicia de sueño. Despertó con sobre salto, con ojos de sueño, se asomó a su pequeño balcón de piedra y vio a una bestia inquieta y a dos hombres que le daban latigazos continuos. Pregunto el herrero, que le querían a tan deshoras, y desde la calle una voz obscura; “De parte de su compadre don Narciso le traemos la mula para que sea servido su merced de herrarla ahora mismo porque muy temprano tiene que ir a la villa de Guadalupe a un negocio urgente que le apremia concluir”. Así que por favor su merced que le ponga las herraduras a este animal rejego.

De nuevo sonaron los latigazos en el cuerpo estremecidos de la mula, el maestro Juan a medio vestir se puso en fragua. Los criados eran dos negros fornidos y el maestro Juan enseguida reconoció la mula prieta de su compadre; si le extrañó que la mandase herrar cuando hacía poco que lo había hecho, mientras buscaba las herraduras convenientes y movía el fuelle para ponerlas al tamaño justo, aquellos dos criados no cesaban de cargar azotes con duros látigos a la pobre bestia.

El maestro Juan le puso las herraduras a la acémila, bien sujeta por los dos hombres y a cada martillazo se revolvía como si le causaran dolor enorme parece que entraban los clavos no en los cascos sino en carne sensible. Termino el trabajo y los criados se regresaron, parece que se proponían descarnarle el cuerpo, con tremenda azotaina, así se la llevaron.

Volvió a la cama el maestro Juan, después del desayuno se marchó a la casa del clérigo para saber qué negocio urgente tenía en la villa de Guadalupe, que no le dijo nada la tarde anterior que se vieron, platique y platique. Llegó a la casa y se enteró por la criada que su compadre no había salido a ningún lado fuera de México, autorizado por su añeja amistad y confianza entró a la alcoba de don Narciso. Cerradas aún las ventanas, dormía con toda la paz del mundo a lado de su concubina.

Con voz recia unidos al ruido de sus zapatos vaquerizos le quebró el sueño al clérigo.

Lo hizo que se despabilara. Ya me dijo la moza que no fue a la villa de Guadalupe, sino, hizo ese camino, ¿para que me envió a la mula para herrarla? -Que me dice compadre que no entiendo nada ni jota, yo que tengo que hacer en la villa de Guadalupe- -que buena me la hizo- -¿buena se la hice?- -Pero ¿qué es lo que le hice?- No lo entiendo compadre. ¿con que no lo sabe?, a media noche me tiraban la puerta a golpes dos negros que llevaban una mula, la de usted compadre Narciso, para que la herrase a toda prisa porque tenía que salir muy de madrugada a la villa de Guadalupe, nada más porque era cosa suya hice el trabajo, a otro lo mandaba con cajas destempladas, y me lo encuentro durmiendo muy a sueño suelto. Así que sacuda el polvo y levántese el sol ya está alto.

Ni he pensado ir a ese lugar que dice, ni mucho menos he enviado a la mula además hace una semana que no la tengo en casa, alguien tomó mi nombre para que saliera gratuitas las herraduras.

El clérigo empezó a reírse con carcajadas ruidosas de hombre feliz y entre sus risas hablo a la mujer que tenía a su lado para que saliera de su profundo sueño que la tenía muy quieta. Al principio entre las carcajadas la movía de un lado a otro, pero al estarla moviendo vio sangre en las sabanas, con que se la apagó de súbito el regocijo de sus rizas.

Volvió a la mujer boca arriba y miro estupefacto que en la palma de sus manos estaban unas herraduras bien clavadas, le bajó con rapidez las mantas y en cada pie tenía nuevas y relucientes herraduras, el cuerpo descarnado, con huellas de azotes terribles y la boca desgarrada por un freno que tenía todavía bien afianzado en ella. El clérigo se quedó atónito y sin pulso.

Juan fue a buscar a otros sacerdotes.

El maestro Juan cuando entró en calma se fue a llamar al cura de Santa Catalina, Don Francisco Antonio Ortiz,y luego al reverendo Padre don José Vidal, jesuita y a un fraile carmelita, su confesor hombre de consejo y los tres tuvieron las mismas opiniones, dijeron; que fueron los mismos diablos que llevaron a herrar aquella mala mujer que tanto la golpearon cuyas huellas sangrientas se veían en su cuerpo.

Estos señores hicieron un hoyo en el segundo patio de la casa y ahí enterraron el cadáver de la mujer herrada.

El libertino clérigo desapareció de México, el buen Juan siguió pegado a su oficio hasta que Dios lo llamó, El Cura de Santa Catalina, por este caso entró en la Compañía de Jesús hasta le edad de 84 años, siempre hablaba de este caso con asombro.

En el colegio de San Pedro y San Pablo, Pablo Vidal rindió existencia de trabajos en 1702 de 72 años y en su vida compuesta por el padre jesuita Don Antonio Oviedo, él expone este extraordinario suceso en los libros y también lo escribe el minucioso y puntual diarista don Francisco Sedano en sus noticias de México, quien lo oyó referir en un sermón que predicó en cuaresma 1760 un padre de la “Compañía de Jesus” en la iglesia de la casa profesa. Quien lo dude que vea esos libros.

Colecciones JATZIRI presenta.- Compendio de Historias Tradiciones y Leyendas de las calles de México. Casa Editorial Jatziri.

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