La calle de la Buena Muerte 02 nov 2017

Ahora es 5ª de San Jerónimo, ningún vecino de esa vía, se había dado cuenta que estaba ocupada, una casa vieja , viejísima, que se metía en pasadizo penumbroso, tenía grietas y en estas había hiervas. Una noche los vecinos vieron que salía de las ventanas un fulgor azul; la otra noche miraron asombrados vieron una luz verde trepidante, luego como que brotó una luz amarilla, por la chimenea vieron en otra ocasión que subió un humo espeso, atravesado con rayos rojos.

Los vecinos al ver esto, hacían la santa señal de la cruz sobre las caras descoloridas de miedo, algunos tenían el valor de arrimarse a las rendijas del portón de la casa y acechar el patio destartalado y descuidado, con la fuente seca y mutilada en un rincón, junto a los arcos del corredor había la sombra de un rosal de rosas blancas. El Patio todo abandonado. Un día, temprano vieron salir una viejecita, esta era alta, escuálida, con mueca de gárgola de iglesia visigótica; la greña gris y aceitosa toda hacía atrás para retorcérsele en un chongo; los ojos entrecerrados y rojos los parpados, medio vueltos al revés y le manaba y liquido verdusco que le corría lento, por las arrugas; la boca hundida sin dientes, su andar ligero con sus largas faldas entraban rápidas entre sus piernas espectrales, con chancletas que al andar palmoteaban debajo del talón, siempre desabotonado el justillo y se le veía el escote de la blusa las dos ubres, flácidas, caprinas y negras.

Sobre el hombro traía un inquieto cuervo que a cada rato le metía el pico en la oreja vellosa, ella lo llamaba don Martinito, con su mano alisaba el negro plumaje de visos azules, se supo que esta vieja horrible era Hipólita Maldonado. Se cuenta que era bruja maleficiadora que volaba y don Martinito nunca se bajaba del hombro, era el mismísimo demonio que le daba consejos continuos. Infundía pavor por donde pasaba Hipólita. Con miedo y todo la gente seguía yendo a consultarle cosas para el futuro, porque se le aseguraba que daba secretos que Dios tenía reservados para ellos. Con sus hechizos sacaba a la luz los misterios de las vidas ocultas.

Hipólita y Don Martinito

Su habla zalamera y y engatusadora, a los que hablaba cualquiera que fuese  su condición, los pescaba en el acto con anzuelo de aire. Sabia oraciones para todos los males. La de Nuestra Señora de la Soledad para que acaben las atribulaciones y apuros; la de San Antonio de Padua para encontrar las cosas que se pierden, la de Santa Polonia para que cese el dolor de muelas, la de la Piedra Imán para proteger a los ladrones; la de San Erasmo, la del Espíritu Santo, la acreditada del Justo Juez, la de Santa Elena y la de la Virgen de Belén, todas ellas buenas inmejorables para traer al ausente y desamorado y para lo mismo los Tres Varones; para unir a los amantes, sabía la de San Silvestre, para hacerse embarazada, la de San Juan y la linda de San Nicolás Tolentino; para conocer lo ignorado; la de San Sebastián y la de San Ginés; la de las Animas del Purgatorio para obtener lo que se solicita; y sabía otras ciento, a cual más eficaz que decía por paga.

¿Y conjuros? ¡Válgame Dios los conjuros que sabía Hipólita Maldonado!

¡Que excelentes eran todos ellos y cómo le llevaban buenos dineros a su casa!. Sabía conjuros a la perfección y sin un tropiezo, para hacerse querer con loco frenesí de la persona amada o atraerla si andaba ausente, o que le diera, si era preciso, un mal repentino que la sacase de esta vida baja y miserable. Uno de sus conjuros para atraerse a los galanes era decirle al demonio: Yo te conjuro
                       por tizón
                       y por carbón,

                       y por cuantos diablos con él son
                       y por el diablo cojuelo
                        para que con pronto vuelo
                        me traigas a Juan José.
                        Venga, venga, y no se detenga,
                        por el aire como torbellino,
                        sin que encuentre tropiezo en el camino
                        y haz que yo le parezca cual una leche.

Sabía también el conjuro del umbral y el de los tres demonios mayores; el de la piedra alumbre, el de los palmos, el de la sal, el del alma, el de los tres clavos, el del ánima sola, el del niño no nacido, el de la ventana y el dedal. 

Los conjuros más eficaces para todo

Uno de los conjuros buenos era de los cabellos y de los orines, para unir estrechamente, a una persona con otra. ¿Y cual el del azufre para ser siempre agradable y estimado? ¿ Y cual otro como el de la escoba y el del huevo, para quitar el mal del ojo? ¿Y para contentar a alguien, cual más útil que el del gordolobo?.

En un orinal con agua echaba la noche de San Juan un huevo, después de haberlo pasado varias veces por la cara y cuerpo del solicitante, rezándole credos y otra oración incomprensible, en latín y griego, el especial latín y griego de Hipólita Maldonado; al día siguiente leía como en un libro, aquello, en aquella clara y en aquella yema, todo un porvenir, sin que le faltara circunstancia. También para el futuro echaba las habas; hacía la “suerte del rosario”, haciéndolo andar con unos rezos que murmuraba, y en los que nombraba a Dios, a Santa María, al ara consagrada, a San Cebrián y a San Remigio y al cáliz bendito. Con polvos, con ungüento, con líquidos extraños, sabía volver loca a la gente o la tenía riendo horas y más horas y aún días y días, hasta que moría entre aquel inacabable e impresionante regocijo; con raspadura de uñas y soga de ahorcado hervida con agua bendita, y con ciertos yerbajos, alejaba hasta tierras muy distantes a las personas que no se quería tener cerca; con humazos, de abominable hedor, aliviaba a los endemoniados. Nadie como ella para ensalmar heridas llegas enconadas; para eso eran de resultados seguros sus ensalmos.

Nadie como ella para hacer los mejores menjurjes de sortilegios

Nadie como ella para ensalmar heridas o llagas enconadas; para eso eran de resultados seguros sus ensalmos. Para volver la honra tal y como estuvo en el mismo día del nacimiento, no usaba impertinentes menjurjes como otras viejas; ella nada de zumaque y vidrio molido, ni de mirra, ni de alcaparrosa, ni de cebolla albarrana, ni papo de palomino, que todo eso, afirmaba doctoral, era aire y andar por las ramas; en sus manos no había cosa mejor que la aguja y el sirgo (textil de seda) encarnado y quedaba como si no hubiera pasado nada.

Sabía leer las barajas, hacía figuras y en eso era maestra muy ilustre; con alfileres y agujas clavadas en muñecos de cera o de trapo, le causaba al retratado dolores violentos o mal muy grave en el mismo lugar en que los enterró.

En un espejo  redondo echava su aliento hasta empañarlo bien y este quedaba fijo después de recitar a media voz unas frases extrañas, teniendo en la mano una vela amarilla, que ardía con la llama hacía abajo; enseguida trazaba en el espejo figuras y signos raros; ponía en triangulo las herméticas palabras del abracadabra y paraba a don Martinito encima y el pájaro quedaba inmóvil con el pico abierto; hacía Hipólita dar vueltas a la persona que la consultaba, girar violentamente sobre la punta de los pies, como un huso mientras ella cantaba una canción monótona, de ritmo doliente y cuando aquella persona quedaba mareada por el volteo acelerado, le acercaba el espejo a los ojos, veía una bruma, las cosas que deseaba  mirar y que estaban separadas por leguas y leguas de distancia. Era esta Hipólita Maldonado una mujer de mil flores como se dice.

Hipólita fue acusada a la Santa Inquisición

Todos los del barrio apreciaban y temían a Hipólita Maldonado por su ciencia de cábala; pero como no podía ser menos, fue denunciada a la Inquisición. Llevaron la denuncia jurada al Santo Tribunal, se dijo que tenía impresa en el paladar la rueda de Santa Catarina y un tal Pierres Gomez escucho de su boca en muchas ocasiones, que los matrimonios clandestinos obligaban en conciencia en anularlos el Concilio DE Trento, eso lo oyó también el alguacil Germán Trucios. Un viejo administrativo de la Universidad, Hermenegildo Sopuerta, fue a manifestar que Hipólita ataba la agujeta, enclavijada, componía hierbas, aguas y sahumerios.

La señora Patricia Bejarano, cuyo marido el licenciado don Juan Oñate de Ontiveros, era Fiscal del Crimen en la Tierra Firme, se presento acompañada del penitenciario de la Catedral, ante los inquisidores y, entre lágrimas de arrepentimiento, estuvo contando que  , para que la nefanda Maldonado le realizara una cosa, que después diría y que entonces no, porque le daba mucha vergüenza descubrirla, puso la Hipólita un santo Cristo boca abajo, con un real de a dos en la espalda y lo veló junto con ella toda la noche, rezando solamente la mitad del credo y, durante tres horas seguidas repitieron un romancillo en el que se mezclaba el nombre de San Pedro Advíncula y el de la bendita Santa Eduvigis con el del mártir San Magín y con los de horror, Barrabas y Caifás, y que le dijo que esos versillos se los había enseñado su madrina una tal María Pipí, que era la cocinera del diablo, y que al amanecer después de conjurar al demonio de lo frio y de lo caliente, le puso al Cristo un real sencillo en cada llaga, cantando versículos que le parecieron del Apocalipsis de San Juan, que después le dio a oler de un líquido terrible que la volvió estornudos y toses desesperadas, con las que casi se le arrancaba el alma; y le aseguró que todo ello ya había echado fuera la pasión amorosa y, para que no  le volviese más al cuerpo, le dio a beber un filtro compuesto de cebolla albarrana, ámbar gris y enjundia de gallina. El capitán Sancho de Barahona también se presentó ante sus señorías los inquisidores y denunció a Hipólita Maldonado como componedora de arquitectura de doncellas y que a él le hizo un terrible engaño de esos, con el que por poco se muere del coraje.

Fue a buscar a Hipólita Maldonado la calesa verde. Los vecinos de la calle de la buena Muerte se pusieron a temblar a verla detenida frente a la vieja casa de la bruja, con la que todos ellos tenían tratos más o menos íntimos, y el pavor les heló el alma, pues ya se sentían metidos en las mazmorras del Santo Tribunal.

Los alguaciles encontraron inmóvil a Hipólita

Los alguaciles, repetidas veces llamaron con fuertes golpes el podrido portón y nadie salió abrirlo, pero con poco esfuerzo, lo descerrajaron y se metieron. La casa estaba solitaria, sumida en silencio, en él pasos y voces resonaban profundamente. En ninguna habitación encontraban a la acusada. En ninguna habitación encontraban a la acusada. Las habitaciones no tenían muebles, una que otra silla desfondadas, goteras y polvo; jamás había entrado allí una escoba, y si por acaso había entrado, fue para hacer con ella sortilegios, no para barrer.

Hallaron por fin, una puerta cerrada, arrimaron con fuerza y el cerrojo interior cedió. Allí había un revuelto camastro, una mesa con trastes llenas de un unturas apestosas, botellas con líquidos de varios colores, y, colgados por las paredes, muchos atadijos de hiervas secas y en una alacena de hojas pintorreadas de azul y sujetas por un rosario, había más hiervas y botellas con agua y botes y cajuelas con sebos. En medio del cuarto estaba tirada de largo a largo Hipólita Maldonado, inmóvil, yerta, con toda la menguada cabellera desparramada por el suelo, y con un gran charco de sangre debajo de la cabeza; tenía los brazos abiertos y en una mano apretaba un frasco con hormigas muertas y en la otra, una bermeja cabeza de Cristo que estaba sacando su fija mirada de cristal por entre el pelo que en toda la cara le habían revuelto los dedos ganchudos de la difunta.

Martinito no se despegaba de la difunta Hipólita

Encima de la cara de Hipólita estaba parado don Martinito clavándole las uñas en la carne fofa, y se afanaba estirando un pingajo largo y sanguinolento que se resistía a desprenderse; era un ojo de la bruja, rodeado de purulentas adherencias, unido al fondo de la órbita con algún nervio o pedazo de carne que se atirantaba o se encogía a los repetidos tirones del cuervo que, para arrancarlo, sacudía con furia la cabeza o alzaba el cuello a todo lo que daba de sí. Lo espantó un alguacil y al olar arrancó ya aquella cosa roja y salió con ella goteando sangre y temblándole en el pico.

Don Martinito alzó el vuelo, rápido, y lo vieron todos meterse por una claraboya de la iglesia de San Pablo. Un gato todo erizado miraba a los alguaciles con sus ojos redondos, fulgurantes. Fueron varias personas para hacerse gratos a los de la Inquisición a buscar al cuervo a San Pablo y no lo hallaron. En el aire, tranquilo y dorado, de la iglesia sonaba una música apacible de órgano.

Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. Autor Artemio de Valle-Arispe.

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